El suicidio empieza en el alma
Hace unos meses se suicidó una niña de 16 años en Pereira, la joven sufría de una constante depresión y manifestaba a sus familiares su cansancio frente a las cosas de la vida, decía que ya lo había probado todo. Sus allegados intentaron persuadirle para que asistiera a la Eucaristía, al rezo del rosario en la misma casa, a las obras de caridad y a ponerse en la presencia del que todo lo puede. Pero la Joven rechazaba todo contacto con las cosas que le recordaran la idea de Dios.
Su corazón era del Ipod, de los audífonos y de la música estridente. Hasta que llegó ella, la mediadora de los sentimientos más ocultos del ser humano y se la llevo al lugar que la joven eligió como el destino de una vida desperdiciada por la cotidianidad de un mundo simple y lleno de vanidades.
Muy conmocionados quedamos los televidentes colombianos al enterarnos de la muerte de la modelo, comunicadora y empresaria Lina Marulanda, una hermosa mujer que tocó la cima, la fama y el éxito; cima de la que ella misma decidió bajarse llegando prematuramente a la eternidad.
Hace unos años, me quedó muy claro que las personas que deciden suicidarse han experimentado angustiosamente como se les va cerrando el mundo y en medio de su desesperación sólo encuentran una salida, el suicidio. Hasta hace unos años, a los que se quitaban la vida no se les celebraba la Misa, ni se les permitía su sepultura en los cementerios. La sociedad y las diferentes congregaciones religiosas presuponían que la persona suicidada no podía llegar al cielo, es decir que después de ese paso la persona era condenada por los mortales al infierno. El suicida fue por mucho tiempo el equivalente de Judas Iscariote, el traidor, que según la Biblia fue sepultado lejos del campo santo.
Hoy la concepción es distinta, los seres humanos consientes de nuestros defectos y de nuestros pecados dejamos en las manos de Dios la suerte del que se suicida, que sea Dios mismo el que lo salve o el que lo condene, sólo Dios y el fallecido conocen las circunstancias y las situaciones que rodean todo ese desenlace. Ahora se piensa que el que toma ese camino puede cambiar de opinión cuando ya es demasiado tarde y cuando las consecuencias son irreversibles e incluso puede como el buen ladrón del evangelio alcanzar el arrepentimiento y el paraíso antes de expirar.
Hoy vivimos en un mundo lleno de contrariedades, nuestros jóvenes quieren ser famosos, millonarios, exitosos, reconocidos por todos. La egolatría se apoderó de los seres humanos y parece que no quiere soltarnos. Pero a ese mundo al que todos alguna vez tuvimos derecho de soñar le hace falta un ingrediente, el ingrediente que ha sostenido a tantos hombres buenos que han pasado por esta tierra queriendo ser importantes, ese ingrediente se llama la espiritualidad.
Uno puede ser muy inteligente, lindo, exitoso y alcanzar los peldaños de la fama, pero sin los valores que proporciona la espiritualidad, el mundo se vuelve como un globo en el que es posible volar muy lejos para reventarse en cualquier momento.
Que pesar de Lina Marulanda y que pesar de su familia; Dios les ayude a superar este momento de tanta incertidumbre y de tanto dolor y permita a esta joven encontrar aquel lugar donde ya no hay llanto, ni lágrimas, ni dolor. Aquel lugar donde no hay cimas, ni aplausos, ni relaciones tormentosas, porque la única meta es vivir con Dios.
De la joven pereirana, se supo que dejó una carta despidiéndose de unos y culpando a otros; pidiendo perdón, agradeciendo y tratando de justificar la salida inesperada hacia un viaje al que nadie la estaba llamando. Una carta tan triste como la decisión, una carta en la que dedica sus últimas dos líneas para pedirle perdón al único dueño de la vida y de las esperanzas de ser humano.
Fabián Henao Ocampo